Reivindicar la inocencia de la mujer
Norma Morandini Diputada nacional
Educadas para el susurro y la intimidad, debimos gritar, primero, para ser escuchadas después. Aprendimos a hablar en público para ser respetadas, pero como nos legitimó el mercado y las leyes consagraron los argumentos de igualdad, las mujeres fuimos entrando en el mundo de los hombres con poco rímel al comienzo y mucha silicona después. La visible feminización del trabajo del claustro y la política se impuso como una cifra en las estadísticas, y el número de juezas, empresarias o ministras sirve para medir la modernidad, el desarrollo de una sociedad, en cuanto, como analfabetas, cartoneras, inmigrantes o mucamas, el del atraso y la pobreza. Los cambios se impusieron sin mucho ruido para confirmar que la llamada “revolución silenciosa”, en realidad, parece callada no porque no haga ruido, sino porque el barullo se vive a puertas cerradas, en la alcoba que es donde finalmente se mide la igualdad. Ese soy tuya, pero no te adueñes de mí, la contradicción más sufrida desde que las mujeres ganan su dinero y siguen el consejo de aquella dama y feminista de la prensa francesa Françoise Giraud, quien decía que la verdadera igualdad iba a existir cuando las mujeres supieran que tienen derecho a ser felices. Ya no la abnegación y el sacrificio del ser para los otros que se exalta como virtudes femeninas, sino ser para ellas mismas, sin culpas. ¿No es acaso que sólo podemos cuidar a otros si somos capaces de cuidarnos a nosotras mismas? Sin embargo, me temo que aún estamos muy lejos de modificar esos valores sociales que son más poderosos y fuertes que los decretos ya que, como chalecos de fuerza, inhiben aún a muchas mujeres ya no a ingresar al mundo del trabajo, hoy una obligación como lo fue siempre para los varones, sino en el mundo público, donde vivimos con los otros.
Allí donde esos prejuicios, como juicios anticipados, bailan la danza de los estereotipos: un hombre que grita ejerce la autoridad, en cambio, la mujer de expresión estridente es una histérica o mal amada; el hombre debe ser inteligente; la mujer, cuando mucho, intuitiva; el que se muestra apasionado, vehemente, un patriota; la mujer, una loca. Esas expresiones que se reconocen por doquier como cuando transgredimos el modelito de la mujer sumisa, todo oído, y nos dicen: “Con vos, no se puede hablar”, y a esta altura vale preguntarse si, en realidad, no nos dicen: “No te quiero escuchar, porque no entiendo de lo que hablás”. Y así vamos por la vida, movidas a equívocos, prisioneras de la educación que como madres damos a nuestros hijos, sin saber, todavía, como se ejerce la autoridad sin ser autoritarias, porque el poder, es cosa de varones. Sobre todo, con la brutal historia de nuestro pasado reciente cuando el mundo del trabajo y la política se subordinó al deber a obedecer y nos legó como cultura política el verticalismo del cuartel que ahoga la libertad y por eso la creatividad. Como ése es el mundo que fracasó, ahí llegamos “las chicas”, siempre listas a poner en la política lo que nos enseñaron para la vida femenina, las que protegen, como madres, las que enseñan como maestras y las que comparten como amigas.
Para eso, antes, es necesario que se vean como virtudes públicas los que fueron tradicionalmente los atributos femeninos en la vida a puertas cerradas. Sobre todo, que no nos descalifiquen si los argumentos suenan ingenuos o inocentes.
Hoy, muchas de las mujeres que aparecen como las dueñas de los votos, alguna vez, fueron descalificadas por ingenuas.
Cuando en realidad, frente a un mundo que se desmorona, enfermo de su propia confrontación que clama por amorosidad, lo que las mujeres podemos aportar a la política es precisamente lo que nos diferencia culturalmente, esa mirada fresca de recién llegadas a la vida pública para que el mundo en el que vivimos hombres y mujeres sea menos violento, más igualitario, y sobre todo digno, que no vulgarice ni reduzca la mujer a las siliconas.
No se me escapa que ésa es la mayor paradoja del mundo moderno, mujeres que usan la libertad para esclavizarse, una vez más, a la mirada del otro, sea la del mercado, la moda o el amado.
Y como de derechos se trata, ahora que nos legitiman las leyes y el mercado, que podemos argumentar sin gritar, deberíamos reivindicar el derecho a la inocencia.
Ese volver a empezar para no ser sombra del poder masculino ni las madres, las locas o las santas de la política, tan sólo personas, en igualdad de derechos.
Columna de opinión publicada en La Voz del Interior, el 27 de julio de 2007.-





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