El Gobierno ha comenzado a tender puentes hacia el PJ disidente, pero son pocos los que creen en la sinceridad de los cambios culturales de los Kirchner y en la influencia balsámica de Sergio Massa. Suponen que se trata, en realidad, de una maniobra distractiva, destinada a entorpecer el cronograma que el peronismo opositor se ha dado para configurarse y presentar batalla. “En el mejor de los casos –sostienen desde la embrionaria Unión Popular, nucleamiento de tintes duhaldistas que contiene a Ramón Puerta y Julio César Aráoz, entre otros–, Néstor busca hacernos socios en la derrota. Pero lo más probable es que pretenda achicarnos el margen de maniobra, no darnos tiempo a construir una alternativa viable.” Pese a creer que es desaconsejable cualquier expresión que acelere el desgaste de la Presidenta, Eduardo Duhalde se confiesa escéptico respecto de una eventual mesa de diálogo; no se puede hablar, sostiene, con un interlocutor que derrocha un triunfalismo neurótico. La postura del lomense comienza a hacer contacto con el ala más moderada y disconforme del Gobierno. Es más: hay quienes especulan con que sus duras declaraciones sobre el equilibrio mental del ex presidente fueron estimuladas desde el interior de la interna K. No hay otro modo de interpretar –señalan– que a sus pullazos les hayan seguido las banderillas que Nilda Garré y Héctor Capaccioli, ambos alineados con Alberto Fernández y habitualmente afiliados al silencio, colocaron sobre el INDEC y, por ende, sobre Guillermo Moreno, punto en el que Kirchner, por estos días, hace pivotear sus ideas acerca del ejercicio del poder. La enemistad que fisura al equipo presidencial no se agota en Moreno. Un nuevo episodio de las disidencias que enfrentan a kirchneristas puros con los “cristinistas” se vivió con motivo del eventual reemplazo del ministro de Economía por un técnico con más espaldas que el desvaído Carlos Fernández. Mientras Kirchner y el grupo de Santa Cruz apostaron al presidente del Banco Central, Martín Redrado, Cristina Fernández, Massa y los restos del albertismo se inclinaron por Mario Blejer. La Presidenta, incluso, le hizo llegar a Blejer el ofrecimiento. Para su sorpresa, la respuesta resultó afirmativa. Con una condición, dijo Blejer: la inevitabilidad de un ajuste. La jefa de Estado se replegó. La advertencia de su marido le había metido miedo en el cuerpo: semejante determinación, profetizó Kirchner, significaría perder la calle. La “opción Redrado” tampoco cuajó. Nadie está plenamente convencido de que el ex “golden boy” garantice un aterrizaje suave. Tironeado por la puja interna y desorientado luego de una derrota sonora y autoinferida, el kirchnerismo vive al día. El acuerdo con Juan Schiaretti es pan para hoy y hambre para mañana: útil para redondear un número que maquille de victoria el paso del tema Aerolíneas por el Congreso, vincula a la Presidente con la suerte de un gobernador que atraviesa su peor momento. Por su parte Schiaretti, obligado a someterse al poder central para obtener los fondos que apaguen el incendio de la provincia, llegará con las manos atadas a enfrentar la inminente reapertura del conflicto del campo, que en Córdoba adquiere una magnitud considerable. Presidenta y gobernador, entonces, están parados sobre una misma baldosa: ya no hace lo que quieren y tampoco aciertan con lo que pueden.Y si esa es la realidad puertas adentro, puertas afuera no se divisa un panorama mejor. En Washington, la diplomacia brasilera comentó su disgusto por el final inesperado del viaje que Lula, acompañado por 300 poderosos empresarios, hiciera a la Argentina con un objetivo claro: respaldar a Cristina Fernández que horas antes, desencajada, había tomado la decisión de renunciar. Esa noche turbulenta, nunca fue bien contada pero se sabe ya que Alberto Fernández , en el colmo de la preocupación, dibujó un operativo de emergencia y ordenó a la custodia de Olivos que impidiera el ingreso de personas ajenas a la familia Kirchner. Carlos Zanini, se quedó en la puerta con el texto de la renuncia redactado y listo para la firma. Mientras tanto, el ex jefe de gabinete planificó que un puñado de voces con ascendiente sobra la jefa de Estado la llamaran a la reflexión, desde Hebe de Bonafini hasta Celso Amorim, el canciller y hombre de confianza del presidente Lula . De ese modo logró contener un terremoto institucional, tan gratuito como el entredicho con los productores agrarios que ofició de disparador. Para arropar a Cristina Fernández, Lula rodeó su viaje de una importancia desmesurada. Buena parte de lo que constituye la fuerza económica de la región se dio cita junto a Lula en un hotel porteño. Un empresario argentino que era de la partida, comentó: "la gente que trajo Lula tiene dinero suficiente para comprar todo lo que valga algo en este país". La Presidenta, como contrapartida, contestó con un desaire fenomenal. La irrupción de Hugo Chávez en un encuentro de dos y que casi de prepo acabó siendo tripartito, y los anuncios de la compra de bonos por parte del venezolano, eclipsaron el gesto de Lula. Ahora, Brasilia asegura que no habrá más auxilios. Que cada palo, dicen, aguante su vela.
criticadigital





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