
Recién me entero de la noticia que aunque no sea sorpresiva duele muy adentro.
Y el corazón me dictó unas palabras que seguramente tendrán más razones que la propia razón.
Hoy nos dejaste. Pero te digo chau, como se saluda a quien se va por un rato, porque nunca te vas a ir.
Y gracias. Gracias por siempre. Gracias por tantas cosas que sería muy largo enumerar.
Abriste la puerta por la que tantos entramos a la participación de las cosas públicas. Que sigue siendo para mí más importante que entrar a la política partidaria.
Sin ningún tipo de antecedente político familiar, comprendí en pleno proceso militar que todos teníamos responsabilidad en lo que nos pasaba, y que el día que volviera la democracia debía participar e involucrarme en forma activa.
Gracias, Raúl. Porque cuando al final del túnel brilló por fin la luz de la esperanza democrática, apareciste en la escena y me convenciste de afiliarme, de abrazar la causa radical. Pero sobre todo gracias porque nunca me defraudaste, y porque por tu ejemplo nunca abandoné la lucha.
Todos recuerdan de la campaña de 1983 cuando recitabas el preámbulo de la Constitución. Yo recuerdo más aquello de “No sigan a hombres, sigan ideas”. Por eso seguí tus ideas, y tus conductas. Y las ideas, y las conductas no mueren nunca.
La historia está comenzando a hacer justicia con tu vida pública. Y seguramente el reconocimiento aumentará con el tiempo. Y también aumentará la comprensión por ciertas determinaciones que yo se cuánto te dolieron. Pero pagaste con tu dolor y con el escarnio de los oportunistas, el precio que estabas convencido debías pagar para que tuviéramos democracia para siempre.
Quizás hoy, el dolor que siento, sea más por las cosas que me tocó vivir después de tu mandato, con ese Raúl que habiendo sido presidente de la República, se brindaba en el trato personal como un hombre común, cálido, afectuoso. La política me premió con la posibilidad de compartir muchos momentos a tu lado y quiero recordar dos de ellos.
Quedará por siempre en mi corazón el recuerdo de aquella noche en que compartimos una tribuna política, y me agradeciste sentidamente por haberte calificado deportivamente como “El campeón de la democracia en la segunda mitad del siglo XX en la Argentina”.
En otra oportunidad compartimos de noche un viaje a La Toma para ir a un acto político, y yo no dejaba de asombrarme de la humildad y la vocación de un ex presidente que se sacrificaba acompañándonos al interior de nuestra Provincia, pero que además lo hacía con entusiasmo y alegría, y no dejaba de preguntarnos si habría chivo con chanfaina. Y al día siguiente, como yo era el tesorero del Partido, me preguntaste como andaban las cuentas, si alcanzaba la plata para pagarte el hotel.
Al rato de enterarnos de la triste noticia me llamó mi hijo y me dijo “Papi, se murió el más grande”. Y pensar que nació cuarenta días antes del triunfo del 30 de octubre del 83.
Dijo el poeta:
“Los que mueren con honra son los vivos.
Los que viven sin honra son los muertos.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
Y hombres que viven en el mundo, muertos”.
En este país tan colmado de los que viven muertos, vos, Raúl, aún difunto, vivirás por siempre.
Chau, Raúl. Y gracias.
Fidel Haddad
Y el corazón me dictó unas palabras que seguramente tendrán más razones que la propia razón.
Hoy nos dejaste. Pero te digo chau, como se saluda a quien se va por un rato, porque nunca te vas a ir.
Y gracias. Gracias por siempre. Gracias por tantas cosas que sería muy largo enumerar.
Abriste la puerta por la que tantos entramos a la participación de las cosas públicas. Que sigue siendo para mí más importante que entrar a la política partidaria.
Sin ningún tipo de antecedente político familiar, comprendí en pleno proceso militar que todos teníamos responsabilidad en lo que nos pasaba, y que el día que volviera la democracia debía participar e involucrarme en forma activa.
Gracias, Raúl. Porque cuando al final del túnel brilló por fin la luz de la esperanza democrática, apareciste en la escena y me convenciste de afiliarme, de abrazar la causa radical. Pero sobre todo gracias porque nunca me defraudaste, y porque por tu ejemplo nunca abandoné la lucha.
Todos recuerdan de la campaña de 1983 cuando recitabas el preámbulo de la Constitución. Yo recuerdo más aquello de “No sigan a hombres, sigan ideas”. Por eso seguí tus ideas, y tus conductas. Y las ideas, y las conductas no mueren nunca.
La historia está comenzando a hacer justicia con tu vida pública. Y seguramente el reconocimiento aumentará con el tiempo. Y también aumentará la comprensión por ciertas determinaciones que yo se cuánto te dolieron. Pero pagaste con tu dolor y con el escarnio de los oportunistas, el precio que estabas convencido debías pagar para que tuviéramos democracia para siempre.
Quizás hoy, el dolor que siento, sea más por las cosas que me tocó vivir después de tu mandato, con ese Raúl que habiendo sido presidente de la República, se brindaba en el trato personal como un hombre común, cálido, afectuoso. La política me premió con la posibilidad de compartir muchos momentos a tu lado y quiero recordar dos de ellos.
Quedará por siempre en mi corazón el recuerdo de aquella noche en que compartimos una tribuna política, y me agradeciste sentidamente por haberte calificado deportivamente como “El campeón de la democracia en la segunda mitad del siglo XX en la Argentina”.
En otra oportunidad compartimos de noche un viaje a La Toma para ir a un acto político, y yo no dejaba de asombrarme de la humildad y la vocación de un ex presidente que se sacrificaba acompañándonos al interior de nuestra Provincia, pero que además lo hacía con entusiasmo y alegría, y no dejaba de preguntarnos si habría chivo con chanfaina. Y al día siguiente, como yo era el tesorero del Partido, me preguntaste como andaban las cuentas, si alcanzaba la plata para pagarte el hotel.
Al rato de enterarnos de la triste noticia me llamó mi hijo y me dijo “Papi, se murió el más grande”. Y pensar que nació cuarenta días antes del triunfo del 30 de octubre del 83.
Dijo el poeta:
“Los que mueren con honra son los vivos.
Los que viven sin honra son los muertos.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
Y hombres que viven en el mundo, muertos”.
En este país tan colmado de los que viven muertos, vos, Raúl, aún difunto, vivirás por siempre.
Chau, Raúl. Y gracias.
Fidel Haddad





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