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27.6.07

La costumbre de negar el fracaso



Por Joaquín Morales Solá Para LA NACION


Dejemos al Presidente que siga con sus berrinches contra los periodistas. Quizá sólo se está divirtiendo, como suele interpretarse él mismo de vez en cuando. Pero miremos algunos de sus conceptos tras las dos chillonas derrotas electorales que lo abatieron el domingo. La primera de sus concepciones fue que en la Capital y en Tierra del Fuego sucedieron fenómenos locales y que, por lo tanto, él no había per dido ni ganado.

Otra hubiera sido la historia –y otras sus palabras– si hubiera triunfado el kirchnerismo en los dos distritos. Importa, sobre todo, esa negación del fracaso, porque tal ausencia le permite al oficialismo esquivar la obligación de una crítica sobre los pasos que dio o los que pudo dar y no dio. Es sabido que al Presidente no le gusta perder.

Esa afición la comparte con casi todos los mortales, salvo con los pocos antihéroes que hay en este mundo.

Pero una cosa es el gusto por la victoria y otra cosa es la renuencia a aceptar la derrota, lo único inevitable de la política. Kirchner no es el único presidente del mundo que debe enfrentar fracasos electorales sin que su persona haya estado directamente involucrada en la contienda. Alguien debería alcanzarle al Presidente los diarios del exterior o, al menos, un resumen de ellos. Desde Tony Blair hasta Rodríguez Zapatero han tenido que rendir cuentas por elecciones fracasadas en provincias o en municipios. Hace poco, sin ir más lejos, el líder español se pasó 15 días explicando la derrota de su partido en las elecciones por la alcaldía de Madrid. Varias derrotas distritales lo obligaron también a Blair, respetando un sistema político distinto, a adelantar la entrega del poder en manos de su sucesor, Gordon Brown. Beatriz Sarlo suele decir que el país de Kirchner está demasiado lejos del mundo. La Argentina se recluyó del mundo en el último lustro.

Esa lejanía se nota también en estos asombros presidenciales frente a cosas que suceden comúnmente en todas partes.

El único esfuerzo de comprensión posible concluiría en que debe ser muy difícil para Kirchner un largo período de malas noticias. Lo toca, es cierto, justo a él, que trabajó obsesivamente durante cuatro años para embellecer la primera página de los diarios. En las covachas más secretas del Gobierno los cuchillos se afilan para dirimir antiguas internas irresueltas. Funcionarios cercanos a Julio De Vido subrayan el fracaso de las estrategias del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, para retener la Capital y, sobre todo, para debilitar a Mauricio Macri. "Al final ni siquiera volteó a Carrió, que ganó en Tierra del Fuego. Sólo se quedó con el trofeo de la cabeza de Telerman, que era hombre del Gobierno", recuerdan. Otros dirigentes que responden a Fernández ponen énfasis en la crisis energética, que, según ellos, potenció el mal humor de los porteños.

Los porteños, o la mayoría de ellos, saben leer los datos edulcorados de la realidad. Pueden no padecer en sus casas los estragos de la falta de energía, pero deducen fácilmente que algo no andará bien en la vida de todos si la industria comienza a paralizarse por falta de energía. "Hace dos años que el Ministerio de Planificación da vueltas sobre el tema sin encontrar nunca una solución", precisan aquellos funcionarios albertistas.

El problema para cualquier análisis es que ninguno está errado y los dos tienen razón.

Alberto Fernández se equivocó demasiado cuando dividió la oferta del oficialismo en la Capital y lo expulsó a Telerman del paraíso kirchnerista.

El error de De Vido consistió en que su relación personal con Kirchner, que sólo admite el acatamiento, le impidió siempre decirle cuando hablaban de energía que la noche política no estaba lejos.
* * * Sin embargo, conviene adentrarse aún más en esos análisis. ¿La exoneración de Telerman fue un error o un sinceramiento? Basta verlo al jefe de gobierno en funciones encontrarse casualmente con Macri para entender que es ave de otro corral.

El saludo entre ellos es cordial, casi afectuoso, aunque no dejan de marcarse -medio en serio, medio en broma- las diferencias que los surcan.

Nunca se oyó decir a Telerman que los porteños se equivocaron cuando no lo votaron; nunca insinuó, indirectamente, que el 60 por ciento de los capitalinos son unos iletrados sin remedio, y nunca hubiera omitido el nombre del candidato victorioso en la noche amarga de la derrota.

Daniel Filmus hizo todo eso.

Hay entonces una compenetración natural entre aquel presidente que se niega a aceptar la derrota y el candidato derrotado que se muestra como un triunfador moral e intelectual.

Una saga de intelectuales ha seguido, fiel, el trazo grueso del pensamiento oficial: la Capital es una geografía poblada por fascistas, gigantes o enanos. ¿Expresa Macri a la derecha pura y dura? No deja de asombrar que haya un desconocimiento cabal de la derecha de esa estirpe para llegar a tales conclusiones.

Hemos caído, campantes, en el fácil ejercicio de la demonología.

Sucede algo parecido cuando se deduce que los retrocesos de Kirchner significan también retrocesos de la izquierda.

Los peores errores de Kirchner no vienen de sus ideas supuestamente progresistas, sino de su formación como caudillo conservador y omnipresente, común en muchas provincias argentinas. Aceptémoslo: ni Macri refleja la derecha cerril ni Kirchner la izquierda montaraz.

El dilema del Presidente es mucho más simple. En todas las elecciones se pierde o se gana, pero no se puede perder y ganar al mismo tiempo. Tampoco en esto Kirchner es nuevo ni único: la derrota es una criatura huérfana en la historia de política.

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