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15.8.07

RIO TERCERO, ENTRE EL MIEDO Y EL VALOR

Córdoba, 14 de agosto de 2007


Artículo publicado en La Voz del Interior.
Por Norma Morandini Diputada nacional


Río Tercero es el espejo más incómodo de lo que late profundo en las entrañas de nuestro dolido país: Una explosión que 12 años atrás hizo volar un pueblo para tapar un delito, una comunidad a la que en la época se resarció rápidamente con dinero, pero no se le impidió que los gases tóxicos de su polo petroquímico siguiera contaminando el aire, intoxicando a los operarios de las fábricas que integran ese complejo industrial: Atanor, Fábrica Mineral Río Tercero y Petroquímica Río Tercero. Si el resarcimiento económico es un acto de justicia cuando el Estado omite su obligación, es lícito sospechar que como todo lo que nos sucede cuando el dinero se impone sobre el valor, las indemnizaciones postergaron el reclamo por el derecho a un ambiente limpio. Debió pasar una década para que la comunidad exprese tardíamente el pánico escondido y hoy huya despavorida ante la más mínima explosión o ante el ulular de la sirena que en el medio de la noche alertan sobre el peligro. Si la psicología profunda lleva razón, existe una lógica de hierro que encadena la culpa al miedo. Culpa por haber convivido demasiado tiempo con esas chimeneas que exhalan gases a toda hora y partículas que irritan los ojos, ese "picor" del que hablan los que viven junto a polos petroquímicos; culpas, tal vez, por haber aceptado la extorsiva idea de contraponer el trabajo al medio ambiente, sin saber que cuando se exige a las fábricas que no contaminen no se atenta contra la fuente de trabajo sino que se defiende la vida. Si los argentinos llegamos tarde al debate ecológico, ya comenzamos a habituarnos con terminologías ambientales gracias a la Asamblea de Gualeguaychú, que se anticipó a los efectos futuros de los gases tóxicos. En Río Tercero, que convive desde hace décadas con los gases tóxicos, una vez más, fue la muerte la que comenzó a crear conciencia: en febrero murieron dos operarios de la petroquímica y 10 quedaron internados por inhalar el gas fosgeno. En julio, más de 40 operarios de Fabricaciones Militares fueron internados ante la sospecha de una nueva emanación de gases; más cercanos en el tiempo, el 6 de agosto explotó una caldera. La explosión detonó el terror escondido y la población, sin saber si era un atentado o un accidente, se lanzó en pánico a las calles como bien se testimonió desde estas mismas páginas. De modo que resta ahora analizar ese fenómeno social que nos espeja como sociedad: de un lado, el derecho a la información que se le debe garantizar a la ciudadanía, y del otro, la educación para que las personas no sean rehenes de la ignorancia. Porque esa es la verdadera distancia entre las sociedades desarrolladas, donde la presión de la opinión pública se contrapone con la prepotencia de los intereses del mercado, y por eso, sus fábricas son obligadas a invertir en seguridad por la demanda de los vecinos. Nosotros vivimos los mismos fenómenos que vivieron esas sociedades 20 años atrás, sólo que sin una cultura cívica de participación que demande de sus autoridades la garantía de lo que son derechos inalienables, como lo es el derecho a la vida, o sea: un ambiente sano, y el derecho al trabajo, que de ninguna manera debe hacerse a expensas de la vida. El valle de la muerte. En los años de 1980, acompañé con interés de periodista todo el proceso en torno a Cubatao, el mayor polo petroquímico de América latina, en Brasil, entre la sierra y el mar en San Pablo. Un lugar fantasmagórico, nacido al amparo de la teoría de la seguridad nacional, bajo cuyo manto todo se hizo en nuestros países en secreto y a escondidas, llamado "el valle de la muerte" porque los niños nacían descerebrados por causa de la contaminación tóxica. Fue la presión de los ambientalistas y la creciente conciencia ecologista las que obligaron a la reconversión de las fábricas en industrias "limpias", que impuso sistemas de monitoreo para detectar las emisiones tóxicas como el control de las aguas por causa de los efluentes y de la contaminación del suelo. Y la prueba de que pudieron revertir un cuadro desolador de degradación ambiental es la Mata Atlántica que había sido asesinada por los fluoretos de la industria de fertilizantes, y hoy comienza a recuperarse. Vale insistir: no se debe aceptar el chantaje entre precio y valor, ni el del pragmatismo que siempre conjuga los números de las ganancias con el valor de la vida y los derechos. No se trata de cerrar las fábricas, sino de que no contaminen. Sin humanidad, la economía carece de alma y se convierte simplemente en una contabilidad. En nombre del número, la eficacia, el lucro, el precio, fue precisamente esa economía la que mató la humanidad que late escondida en una fórmula repetida pero en la que no siempre se reconoce la dimensión sagrada de su enunciado: derechos humanos. Tal vez porque los argentinos debimos denunciar antes su violación, entre nosotros, conjugan más con la muerte que con esa apuesta de vida y esperanza que es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la más bella utopía después de Auschwitz, cuando los hombres sensatos aterrorizados por la crueldad de la que son capaces los hombres se aferraron a los valores de validez universal para evitar que la humanidad otra vez vuelva a suicidarse en sus momentos de locura. Únicamente con derechos, los riotercerenses podrán limpiar no sólo el medio ambiente sino también la locura escondida en el monstruoso atentado de volar un pueblo para salvar unos negociados. © La Voz del Interior

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