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1.6.08

Reina electa y primer ministro

por Susana Viau
01.06.2008

Se contó hace pocos días que los estrategas comunicacionales de la Presidenta, compelidos a mejorar su performance, buscaron inspiración en el ejemplo de Tony Blair. La vida, sin embargo, se empecina en dibujar otras imágenes: la de Cristina Fernández que, como una reina, sigue confinada a la representación del Estado, y la de Néstor Kirchner, arquitecto y ejecutor de la política de la Nación, como un primer ministro. A esta división del trabajo, el matrimonio le imprime un matiz que la diferencia de cualquier ejemplo universal: Cristina Fernández es una reina electa y su marido un primer ministro por la gracia de Dios. Por debajo de estas curiosidades que cada medio siglo colorean la historia argentina, corre un río de sospechas. La más inquietante es la que supone que, para el ex presidente, el único horizonte es su propio destino. En ese caso, todo será condicional; los réprobos de hoy pueden ser los elegidos de mañana, la amistad y el odio son permutables y las ideas se sostienen siempre y cuando sirvan a la acumulación de poder del jefe. Porque Néstor Kirchner respeta el poder, pero trata con desenfado a la república, una concepción que se puso de manifiesto en el “¿será pingüino o será pingüina?”, con que convirtió la sucesión presidencial –no sin razón– en un paso de comedia. Y volvió a asomar poco después, cuando eligió conducir el mayor conflicto de los cinco años de gestión no con la astucia del experimentado militante que es, sino con la picardía de un trilero. El domingo por la noche, un soldado de las filas presidenciales se angustió al ver que las caras que asomaban para defender al Gobierno eran las de Edgardo Depetri, Luis D’Elía, Dante Gullo y Rubén Manusovich; que Salta se había despertado nublada pero en Rosario había brillado el sol; que, para mayor desgracia, autobuses procedentes de Jujuy habían chocado, con el saldo de un muerto y 90 heridos. El soldado kirchnerista, medio en broma, medio en serio, dedujo entonces que la suerte había cambiado, aunque le iba a ser imposible comunicarle esa corazonada a su jefe: Kirchner se niega a admitir el desgaste, rechaza las encuestas que revelan el desplome de la imagen de su esposa y encarga unas nuevas para que le adjudiquen entre un 40 y 60 por ciento de imagen positiva; la policía calculó en unas 45 mil personas los asistentes al acto de Salta, pero el ex presidente prefirió las cifras que le alcanzaron los organizadores que hablaban de 150 mil; “la Cámpora”, invención superestructural de su hijo Máximo K, adquiere rango de fuerza política; camioneros y piqueteros oficialistas, igual que la Sociedad del 10 de Diciembre –por rara casualidad Luis Bonaparte y Cristina Fernández asumieron el poder el mismo día, con 159 años de distancia–, peregrinan de acto en acto para aclamar al matrimonio y amenazar con escarmientos a los opositores. A modo de entremés, se cruzan cachiporrazos y trompadas en procura de un lugar en las inmediaciones de los palcos. Kirchner, replegado sobre el PJ, apadrina un documento que condena los golpes militares de 1930, 1955 y 1976. No incluye el de 1943, contra Ramón Castillo, ni el de 1966, contra Arturo Illia. Menuda encrucijada para los radicales K. Un cronista parlamentario contaba días atrás que, siendo todavía senadora por Santa Cruz y primera dama desde hacía un año, Cristina Fernández concedió un off the record a dos periodistas. Entre muchas cosas les explicó que “gobernar es fácil. La cuestión es saber a quién se va a cagar y a quién se va a favorecer”. A la aseveración, simplista por cierto, le faltó un detalle para completar su cosmovisión. Debió decir “en cada momento”. Pensada en esos términos, la política es una aventura imprevisible.
critica digital

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