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28.6.08

Resumen de noticias No. 222 - BsAsNyP




  • La Legislatura de Chaco adhirió a la demanda de San Luis por las retenciones móviles


La Cámara de Diputados de la Provincia de Chaco sancionó una resolución de apoyo a San Luis en su planteo ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación donde demanda que se declare la inconstitucionalidad de las retenciones móviles.
El instrumento lleva el número 1151 y esta semana fue notificado al Poder Ejecutivo y Legislativo de San Luis.
El gobernador de la Provincia, Dr. Alberto Rodríguez Saá, ni bien tomó conocimiento de esa medida producida en Chaco, aseguró que “la noticia me llena de emoción y satisfacción, significa un acompañamiento a San Luis, que como Provincia está sola en la lucha por la defensa del federalismo en Argentina”.
La notificación tiene la firma de la presidenta de la Cámara de Diputados de Chaco, María Mastandrea y el secretario de ese cuerpo, Pablo Bosch. San Luis hizo la presentación porque durante los últimos seis años el Estado Nacional le transfirió unos 250 millones de pesos menos y también reclamó la inconstitucionalidad del sistema de retenciones móviles porque afecta la coparticipación federal de impuestos.
La Provincia es la primera que presenta un reclamo judicial por las retenciones al agro para que se coparticipe su recaudación y podría sentar un precedente para que otras provincias realicen el mismo reclamo.
Santa Fe, cuyo gobernador se ha distanciado del Ejecutivo Nacional con críticas en los últimos días, anunció que realizará una presentación similar.
La demanda dice textualmente que "se considera absurdo el sistema de retenciones móviles ya que el uso y abuso de recursos impositivos provoca efectos absolutamente distorsivos de la economía y de la política nacional: desalienta a los sectores productivos más dinámicos del país, empobrecen a las provincias, debilitan el federalismo, imponen el unitarismo fiscal, favorecen la utilización arbitraria de ingentes recursos por parte de las autoridades nacionales, incentivando el clientelismo político, el condicionamiento de las autoridades provinciales, su sujeción al poder central y la corrupción del régimen representativo”.




  • El mundo desde aquí
    Paraguay, una de las peores burocracias latinoamericanas
    El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) acaba de llegar a la nada sorprendente conclusión de que el sector público paraguayo es uno de los peores de América Latina, junto con el ecuatoriano y el peruano.
    Es alentador constatar que, después de haber contribuido largamente al financiamiento de nuestro aparato estatal, el BID descubra ahora lo que los paraguayos saben desde hace mucho, sin necesidad de recurrir a expertos: que deben soportar a unos 186.000 funcionarios públicos y a unos 25.000 contratados que, en su gran mayoría, no están calificados para que su gestión sea eficiente, pues han sido reclutados por motivos políticos o familiares. Es hora de someter al sector público a una amplia reforma para reducir su tamaño. Tras evaluar, entre otras cosas, el grado de eficiencia, la estructura salarial y los méritos para ocupar un cargo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) acaba de llegar a la nada sorprendente conclusión de que el sector público paraguayo es uno de los peores de América Latina, junto con el ecuatoriano y el peruano.
    Es alentador constatar que, después de haber contribuido largamente al financiamiento de nuestro aparato estatal, el BID descubra ahora lo que los paraguayos saben desde hace mucho, sin necesidad de recurrir a expertos: que deben soportar a unos 186.000 funcionarios públicos y a unos 25.000 contratados que, en su gran mayoría, no están calificados para que su gestión sea eficiente, pues han sido reclutados por motivos políticos o familiares. También es alentador que un estudio comparativo, elaborado científicamente, brinde ahora datos tan elocuentes, ya que se puede confiar en que quienes creen que la prosperidad requiere una mayor intervención del Estado, mediten ahora sobre si puede haber crecimiento con un funcionariado que, según la investigación, se dedica principalmente a defender sus derechos sectoriales y a presionar por mejoras salariales, sin generar resultados para los contribuyentes, pero demostrando, eso sí, mucha eficiencia cuando buscan sus propios beneficios: los últimos convenios colectivos de trabajo, arrancados con métodos extorsivos, dan buena cuenta de esa gran capacidad, que hace del personal estatal un estamento privilegiado.
    La prosperidad depende del sector privado. Ni siquiera una burocracia eficiente es capaz de generar riquezas, por la simple razón de que ese no es su papel. Su función es crear las condiciones para que el esfuerzo de los particulares sea realmente productivo. Una burocracia como la paraguaya –corrupta e inepta– no solo es incapaz de generar abundancia, sino que es un obstáculo para el desarrollo, una pesada carga que este año le costará al país más de 1.333 millones de dólares, con lo cual, siempre según el estudio del BID, resultará una de las más caras del continente, considerando el volumen del producto interno bruto. Tenemos así una burocracia parasitaria.
    Es hora de someter al sector público a una amplia reforma para reducir su tamaño, depurándolo de supernumerarios, incapaces y corruptos, y renovarlo, incorporando a personas idóneas, honestas y diligentes. Es hora de dictar una nueva ley que establezca la carrera de la función pública y, sobre todo, tenga vigencia efectiva: la Ley Nº 1.626/00 ya instituyó esa carrera y dispuso que el ingreso y la promoción en la función pública se hagan mediante un concurso público de oposición, pero, por razones políticas, ese sistema selectivo nunca fue aplicado, de modo que el aparato administrativo sigue acogiendo a quienes solo buscan medrar a costa del contribuyente, gracias a la recomendación de un protector político o de un familiar influyente. Es necesario tener un personal bien calificado, cuya eficiencia sea fomentada no solo con apelaciones al patriotismo, sino también con remuneraciones adecuadas al desempeño.
    La modernización de la función pública es un enorme desafío. El próximo secretario del área tendrá mucho qué hacer si Fernando Lugo quiere cambiar el país. Para vencer las previsibles resistencias del funcionariado, deberá contar con el firme apoyo del titular del Poder Ejecutivo y no dejarse engañar por las hipócritas invocaciones a lo “público”, que provendrán, justamente, de quienes viven del pueblo. El funcionariado no está al servicio del pueblo, sino al servicio de sí mismo. El futuro gobierno tendrá éxito solo si libera al Paraguay de la burocracia pesada, corrupta e inepta que hoy lo oprime.
    No se trata solo de cambiar de gobierno, sino también de administración pública y de saber que para dirigir un país hace falta algo más que buenas intenciones: es imprescindible tener buenos agentes.
    Fuente ABC de Asunción

  • Una escuela modelo en peligro: Lecciones de vida
    Son 120 chicos que, en su mayoría, viven en las estaciones de trenes de Constitución, Once o Retiro. Están aprendiendo a leer y escribir en el Centro Educativo Isauro Arancibia.
    ¿Qué trabajos conocen?”, preguntó Susana Reyes para comenzar a hablar con sus alumnos sobre el tema de la clase: el mundo laboral. La maestra dividió el pizarrón en dos para anotar las respuestas de los chicos. A la derecha pensaba colocar las tareas productivas y a la izquierda, las vinculadas con los servicios.
    La primera respuesta la dio un varón: “Abrir puertas”, dijo. Y propuso que la anoten en la columna de la izquierda, con más dudas que certezas. Una adolescente embarazada agregó: “Pedir”. Y justificó que se trataba de un servicio porque “a la gente le gusta que le pidan”. La tercera respuesta fue aun más difícil de digerir. Un nene de 8 años la lanzó con naturalidad, sin ningún tipo de segundas intenciones: -Chupar pijas. -¿Eso es un trabajo? –reaccionó Reyes, como pudo. -Sí, porque a mí me pagan.
    La escena ocurrió hace un tiempo en la escuela Isauro Arancibia, que trabaja con chicos en situación de calle. Allí concurren a diario 140 alumnos de hasta 20 años que van en busca de los conocimientos propios de la escolarización primaria. Casi todos viven en la Estación Constitución, algunos llegan desde Villa Fiorito y unos pocos vienen de hogares de la zona, a los que llegaron tras experimentar la vida encerrados en un instituto de menores.
    La escuela nació hace diez años, cuando le encomendaron a Reyes, desde la Dirección de Adultos y Adolescentes del Ministerio de Educación de la Ciudad, abrir un centro de alfabetización en la Central de Trabajadores Argentinos (cta) que tuviera como principales destinatarios a los integrantes del Movimiento de Ocupantes e Inquilinos y de la Asociación de Mujeres Meretrices Argentinas. Convencida de la necesidad de trabajar en red, la maestra se conectó con el Servicio Paz y Justicia (serpaj), que ya contaba con un programa de operadores de calle para contener a los chicos que dormían en Constitución. Así, llegaron al centro de alfabetización los primeros adolescentes: Analía y Luis, que poco a poco fueron acercando a sus amigos.
    La alfabetización comenzó a realizarse en la sala de reuniones que el actual diputado Claudio Lozano tenía en su despacho de la cta. Sobre su escritorio, las madres adolescentes cambiaban los pañales a sus hijos. “Tuvimos que comprar un corralito a los bebés para poder darles clases a los padres con cierta tranquilidad. Después de un tiempo conseguimos una madre solidaria para cuidarlos”, recuerda Reyes.
    A medida que las clases se sucedían, un chico iba trayendo a otro y muy pronto el lugar quedó apretado de sisa. La cta improvisó un aula en la planta baja de su edificio. No obstante, el espacio siguió siendo insuficiente. Hubo una mudanza a las instalaciones del Movimiento de Ocupantes Inquilinos (moi), pero la cantidad de pibes que se acercaba no paraba de crecer y los maestros comenzaron a soñar con tener un edificio propio.
    A esta altura, la escuela exclusivamente trabajaba con chicos que vivían a la intemperie. Las clases, como en todos los centros de alfabetización de adultos, duraban apenas dos horas diarias, pero para alumnos y docentes tenían gusto a poco: “Mientras avanzábamos con el proyecto, nos dimos cuenta de que la escuela les organiza la vida a los chicos. De marzo a diciembre son unos pibes, pero en el verano son otros. ¿Sabés las veces que me llamaron en enero para avisarme que la policía se había llevado a tal o que otro se había muerto? Por eso pensamos: si nosotros éramos los mismos maestros que los del resto de las escuelas, si ganábamos el mismo dinero y pertenecíamos al mismo sistema, ¿por qué estos chicos no podían recibir lo mismo que otros?”, relata Reyes.
    Con pocas expectativas, los maestros presentaron un proyecto al Ministerio de Educación porteño que contemplaba la jornada completa. Y, para su sorpresa, cuando estaban haciendo trámites para transformarse en una fundación que les permitiera llevar adelante la idea, se enteraron de que la propuesta había sido aprobada. Desde este año, la jornada escolar es de 9 a 16 y, además de las materias básicas, los chicos cuentan con clases de educación física, teatro, video, computación, electricidad e inglés. “Buscamos un edificio propio, pero no lo conseguimos. Educación nos propuso funcionar en el Instituto de Formación Profesional de la uocra, que tenía espacio ocioso, y acá estamos”, señala Reyes con algo de resignación: “Seguimos pensando en convertirnos en una fundación. No queremos depender todo el tiempo del humor del funcionario de turno”.
    El mundo al revés De pronto, chilla la puerta del aula donde la maestra desgrana la historia. Un par de alumnos se asoman con una manzana en la mano. La docente interrumpe la conversación, levanta la cabeza y les recuerda: -No se vayan, que hoy a la tarde tienen taller de electricidad. -¡Bieeennnn! –grita uno de ellos y mira hacia el cielo. Luego, comienza a correr en redondo por uno de los pasillos. Parece el festejo de un gol. “No sé de qué manera, pero el valor de la escuela se sigue transmitiendo en este país –se maravilla Reyes-; aun en casos como éstos, en los que por ahí los padres jamás la pisaron. Si a veces proponemos charlar sobre algo o mostrar un video, los pibes protestan y quieren tareas formales. ¿Sabés cómo cuidan sus carpetas para que no se manchen? Están orgullosos de ellas. Cuando se recibió la primera promoción, le entregamos diplomas. Al final del acto, los chicos me los devolvían. Me pedían que se los cuide mucho. Claro, ¿dónde los iban a guardar? ¿En Constitución?”.
    Por momentos, la escuela parece el mundo al revés. Los alumnos no quieren irse: las clases son a sus vidas lo que el recreo es a cualquier otro colegio. Los que protestan, aunque parezca mentira, son adultos escolarizados. Una vecina, dueña de un comercio, encaró hace unos días a las maestras: “Hasta que vinieron estos chicos de la calle vivíamos tranquilos”, se quejó.
    La mujer estaba indignada porque una naranja había explotado contra su ventana y, encima, se había convertido en el blanco de algún que otro insulto. Con la mejor voluntad, Reyes intentó hacer algo de docencia: “No son chicos de la calle, son de todos nosotros. Por ahí tienen 16 años y están en tercer grado, pero están aprendiendo ahora porque no pudieron hacerlo en su momento. Usted se queja porque están en la escuela. ¿Se da cuenta?” La señora no aceptaba razones, gritaba sin escuchar. Cansada, la docente la cortó en seco: “Mire, si estos pibes no vienen a la escuela, van a estar alrededor suyo”. La vecina no es un caso aislado. Los maestros gestionaron pases libres de subterráneo para que sus alumnos puedan asistir a la cursada. Pero como por ahora tienen certificados provisorios, un policía decidió impedirle el paso a uno. El chico, que sentía la responsabilidad de llegar puntual a clase, se irritó y lo insultó. Y ante la impotencia, la novia –que estaba a su lado- le arrojó una piedra. La historia terminó así: el policía atrapó al pibe y lo aprisionó contra el piso. La novia, asustada, le entregó su bebé al policía a modo de garantía, para que le permitiera ir a buscar a sus maestros: ellos demostrarían que su novio no mentía. Cuando Reyes llegó a Constitución en su auxilio, el pibe aún estaba en el piso y el bebé en brazos del uniformado. “Hay una serie de complicidades sociales para que estos chicos no vayan a la escuela. La vecina no acepta el colegio enfrente de su local, el policía no lo deja viajar y así, el único camino que les queda es seguir en la calle”, denuncia la maestra.
    El sistema educativo también parece alimentar este círculo vicioso. Su burocracia se encarga con frecuencia de poner uno y otro obstáculo en el camino. Las planillas que envía Educación, por ejemplo, exigen números de documentos de los alumnos o fechas de nacimiento, datos muchas veces inexistentes o desconocidos por los chicos. Si los maestros planifican una excursión, las autoridades educativas exigen autorizaciones firmadas por madres, padres, tutores o encargados. “No tienen en cuenta la realidad de estos chicos, que parecen adultos: desde los cinco años se generan su propio sustento. Todo el tiempo me hacen actuaciones por tener los registros incompletos. ¿Qué me están diciendo? Que no los deje venir a la escuela”, se indigna Reyes.
    “No me dejen afuera” Reyes comenzó alfabetizando en los años 70, mientras estudiaba en el Normal 9 de Corrientes y Callao. Tenía una compañera que vivía en un inquilinato (María Rosa Lincon, asesinada por la dictadura militar en lo que se conoció como la Masacre de Fátima) y empezó a acompañarla para enseñar a leer y a escribir a sus vecinos. Pronto se incorporó a una unidad básica alineada con Montoneros y, mientras estaba embarazada, fue secuestrada en junio de 1977 por un grupo de tareas. La llevaron al centro clandestino de detención llamado El Vesubio, en Camino de Cintura y General Paz, donde también trasladaron a su pareja. Estuvo desaparecida durante tres meses y luego recuperó la libertad. Pero nunca más tuvo noticias de su compañero. “Ser sobreviviente es un peso. Nunca te alcanza lo que hacés para justificar tu existencia”, confiesa mientras intenta vincular su trabajo actual con aquella militancia.
    Cuando comenzó con este proyecto, Reyes iba a despertar a los chicos que dormían en la Estación para que no se perdieran las clases. “Los veía tirados, en los pasillos angostos y largos, y me hacían recordar a mis compañeros detenidos, cuando estaban engrillados en las cuchas”, cuenta mientras sus brazos dibujan en el aire la escenografía que describe. Después concluye: “Estos chicos son los desaparecidos de hoy: todos saben de su existencia pero nadie los ve”. La impronta de Reyes se respira a cada paso en esta escuela bautizada con el nombre de Isauro Arancibia, un sindicalista docente tucumano que desapareció el 24 de marzo de 1976. Cuenta la historia que era un maestro pobre, que estaba en huelga porque no le pagaban y que iba descalzo porque no tenía ni para zapatos. El día del último golpe de Estado por fin recibió los salarios atrasados y lo primero que hizo fue ir a la zapatería. Esa misma noche lo fusiló un grupo de tareas y después... le robaron los zapatos. La clase inaugural de cada ciclo lectivo consiste en conocer el derrotero de este docente.
    Pero ahora un maestro está dando clase de Matemática y escribe un problema sobre el pizarrón verde: “Julio Jorge López está desaparecido desde hace siete meses, ¿cuántos días hace que está desaparecido? ¿Cuántas horas?” Los chicos bajan sus cabezas y copian. En un silencio que aturde comienzan a resolver en sus carpetas. Los alumnos, cuentan los maestros, disfrutan mucho más del trabajo solitario que de la elaboración colectiva. “Tal vez –arriesga Reyes- estén cansados de pasar la vida en ranchadas y éste sea su único momento de intimidad, la única oportunidad para encontrarse con ellos mismos.” En el aula abundan las gorras raperas, los tatuajes y las cabelleras teñidas de amarillo y rojo furioso. También sobresalen los teléfonos celulares y las zapatillas Nike. “Se los consiguen como pueden, y como saben”, dice la coordinadora con una mirada cómplice. “Lo hacen –agrega- por la necesidad de pertenecer, esas cosas son la tarjeta de entrada para esta sociedad. Es su manera de decir: ´No me dejen afuera´.”
    Las puertas y los bancos están llenos de graffiti que pregonan amor y pasión. Y numerosas panzas embarazadas se desparraman en los pupitres. Las hay incipientes y también a punto de estallar. O, mejor dicho, de parir. En la planta baja del edificio funciona una improvisada guardería maternal que cobija a unos 20 bebés. “Al principio, los nenes estaban con sus madres, pero era imposible lograr que se concentraran y dar clase. Como Educación no nos manda maestra jardinera, una de nosotras los cuida mientras las madres estudian”, explica Nilda Rendo, otra de las docentes, que acaba de llegar a la improvisada guardería. Pero los cambios permanentes de adultos referentes no termina de dejar tranquilos a los nenes. Por eso, Milagros resuelve el problema de Matemática mientras le da la teta a Priscila, su hija de veinte meses.
    Penitencias y conclusiones La cursada necesariamente es familiar: clanes enteros concurren a la escuela. Y con demasiada frecuencia trasladan su cotidianidad a las aulas. Una mañana, los gritos desencajados paralizaron a docentes y alumnos. Un adolescente había encerrado a su pareja en el baño. “La molió a palos”, sintetiza Reyes. Los maestros llevaron el tema al debate en clase, con la expectativa de lograr la autodisciplina. Sin embargo, se encontraron –una vez más- con una sorpresa: “A los chicos no les parecía mal lo que pasó, decían que la chica se lo merecía porque había estado con otro, la acusaban de ´putita´. Ahí cortamos el debate, les dijimos que estaban haciendo lo mismo que la policía hacía con ellos”.
    Las sanciones en la escuela Isauro Arancibia son distintas a las de cualquier institución: aquí no existen las suspensiones. “No podemos dejarlos afuera una vez más”, argumenta Reyes. “Cuando se produce un hecho de gravedad, lo que hacemos es que en vez de asistir a clase, van esas horas a reflexionar con las trabajadores sociales o las psicólogas que trabajan en la escuela hasta sacar conclusiones sobre lo que pasó.” Uno de los últimos de los que atravesaron esta experiencia fue Fumanchú, un pibe que se ganó ese apodo el primer día de este ciclo lectivo. Y no precisamente por sus habilidades con la magia: el chico entró al aula con cierta arrogancia, fumando marihuana y con los ojos rojos. Por orden de los docentes tuvo que salir inmediatamente del salón. “No nos metemos con lo que los pibes hacen afuera. Pero está claro que en la escuela no se puede hacer lo mismo que en la calle. No es fácil. Acá han venido algunos armados porque, como ellos dicen, ´después de clase se tienen que ir a trabajar´.
    Nosotros les decimos que se cuiden, que la policía está esperando que pisen el palito para matarlos. No se trata de dar sermones morales, si no de entender la función de la escuela. A Fumanchú le explicamos que así, fumado, no había manera de aprovechar la clase. Ese día se fue, pero después volvió.” Clases de amor “Hola”, saluda casi sin modular un púber longilíneo, con tanta cara de nene como de dormido. Son las 11.30 y acaba de entrar al aula. “¡Qué suerte! Llegaste para aprovechar media hora de la mañana. Ojalá la próxima puedas venir antes”, responde la maestra. Más tarde explicará: “Acá hay chicos que a la noche cartonean y se acuestan a las 5 de la mañana, les cuesta mucho cumplir con el horario, pero hacen el esfuerzo”. Reyes repasa una y otra historia de sus alumnos. Confiesa que lo que más le cuesta superar son las situaciones de prostitución infantil. “Hoy ni siquiera les pagan, lo arreglan todo con un poco de paco”, dice y se explaya: “El otro día me dijeron: ´Mirá a esa nena –la hija de 5 años de una alumna que está muy dada vuelta- la están mandando...´.”
    La maestra reproduce literalmente la frase que escuchó y deja la oración inconclusa, como si no soportara terminarla. Un rato antes, había comentado que hace unos años atrás había querido investigar el tema y descubrió a los que le conseguían los clientes a uno de los chicos. Pero hoy, subraya, la actitud es otra: “Nuestra tarea termina en las paredes de la escuela. Les advertimos de los peligros, pero si nos metemos, después las represalias son contra ellos”. Los ojos de la maestra se ponen vidriosos. Tiene que respirar hondo para continuar. Revela que está gestionando que los docentes también tengan asistencia y contención psicológica: en esta escuela las emociones fuertes se cuelan a cada rato.
    En los últimos tiempos, por ejemplo, fallecieron tres bebés que se enredaron con las frazadas que compartían con sus madres. Y el año pasado, mataron a Luis, el primer alumno de la Isauro Arancibia (su mujer todavía asiste a clase). Fue por un ajuste de cuentas, apenas había salido de la cárcel. “No tenemos ninguna fórmula para elaborar estas situaciones –reconoce-. Hacemos lo que podemos, para nosotros es como si se muriera un amigo”. Los afectos que se tejen entre tizas y carpetas son intensos. En buena parte por la desolación exterior, pero también por el compromiso y la propuesta docente. No parece azaroso que las cartas de amor sean uno de los recursos escogidos por los maestros para llevar adelante el programa escolar.
    La correspondencia entre Malinche y Hernán Cortés se utiliza para hablar de la conquista de América y la de Mariano Moreno y María Guadalupe Cuenca se emplea para estudiar la independencia argentina. María del Pilar, la canción de Teresa Parodi que cuenta la historia de una mujer cuyo novio fue desaparecido, fue el disparador para la clase sobre el golpe de Estado.
    Después de Matemática llega la clase de Ciencias Sociales. El profesor reparte unas impresiones de Internet que explican por qué se conmemora el Día del Trabajador. El texto advierte que los desocupados también deben sentirse comprendidos y que de ninguna manera debe llamarse a la jornada Día del Trabajo. La propuesta consiste en reunirse en pequeños grupos, leer en voz alta, y marcar las ideas principales. Un chico se hace el distraído para no leer. Se esconde dentro de la capucha de su buzo y el maestro lo caza al vuelo: -¿Por qué no querés leer? -Porque me da vergüenza –susurra el chico después de muchas evasivas. -Es importante poder leer en voz alta para comunicarnos, para que podamos expresar lo que pensamos. ¿Cómo vas a hacer si le escribís una carta de amor a una chica que te gusta? –intenta motivarlo el maestro. El chico se sonroja, tira un cabezazo al aire mordiéndose los dientes, y comienza a leer. Cumpleaños callejero Una mañana del año pasado, Oscar llegó a clase con un pilón de tarjetas de cumpleaños. Tenían impresas el dibujo de Barney y la frase “Te invito a mi fiestita”. Con su desprolija letra, recién aprendida, había completado fecha, hora y lugar de la cita: “2 de mayo. 20 horas. Jol de Constitución”. “Generalmente festejamos los cumpleaños en la escuela –explica Reyes-, pero él quería hacerlo en su lugar. Nos pareció muy bien, porque Constitución es para ellos el lugar del bardo. Nosotros buscamos resignificarlo. Ahora que comenzamos los talleres de radio, queremos que más adelante realicen ahí transmisiones abiertas para que los pibes digan lo que tienen para decir. También pensamos que pueden formar un equipo que represente a la Estación en el Campeonato de Fútbol Callejero.”
    El día de su cumpleaños, Oscar faltó a clase. Los maestros pensaron que tal vez era porque estaba organizando su fiesta. Compraron una torta y a la noche fueron a visitarlo. Lo encontraron dormitando en una escalinata. “Lo despertamos y le preguntamos: ¿Y la fiesta?” El homenajeado se había olvidado. Pero se levantó de un salto y corrió a pedirle prestado a una verdulera dos cajones destartalados e improvisó una mesa. Consiguió vasos descartables en los bares de la Estación y unas mujeres que piden limosna aportaron gaseosas. Sus amigos se acercaron, formaron una ronda en torno suyo, y comenzaron a cantarle el Felíz Cumpleaños. El agasajado pidió en silencio tres deseos que jamás confesó, respiró hondo y sopló. Esperó que todos terminaran de aplaudir y gritó: “Los quiero mucho a todos”. Y a continuación, Oscar desentonó Usted, de Diego Torres: “No olvide que la quiero / no quiera que la olvide...”
    La felicidad de Oscar no duró mucho. Un mes después, una mujer denunció que el chico intentó manosearla en un tren repleto. Los severos problemas de motricidad del chico convertían en improbable la teoría del abuso. Sin embargo, fue derivado por la justicia a la Unidad 20 del Borda. Las intensas gestiones de sus maestros y de los operadores de calle de Constitución permitieron que a fines del año pasado fuera trasladado a una escuela de oficios sobre la Ruta 6, camino a la La Pampa. Allí, ahora hornea pan para los poblados de la zona.
    ¿Cuál es la medida del éxito en esta escuela? Reyes contesta en nombre de una docena de maestros, una auxiliar y un puñado de profesores especiales: “Esto es como la utopía de Gelman, das dos pasos adelante y te alejás otros dos”, dice. Piensa un poco y agrega: “El solo hecho de venir cada mañana y ver que 120 pibes están 8 horas expresándose artísticamente, que expresan cariño, que acceden a un lugar que se merecen, eso ya es reconfortante. Después, aparte, tenés los chicos que se pueden integrar a algún proyecto productivo, como los que están elaborando alimentos en la cooperativa La Cacerola, que funciona en la Facultad de Filosofía y Letras”.
    Sobre un papel afiche azul, a espaldas de Reyes, un montón de fotos muestran a los alumnos riendo a carcajadas con un paisaje serrano de fondo. Todos los años, la escuela prepara un viaje de fin de curso a Córdoba. Organizan festivales para recaudar fondos que les permitan solventar la aventura y una vez allí duermen en los hoteles de turismo social. Para los alumnos es una experiencia única: se bañan con agua caliente, duermen con sábanas almidonadas, les sirven la comida, van al cine y también a bailar. “La pasamos bárbaro –subraya-. Cuando viajan los chicos de clase media hacen un kilombo tremendo, pero como la vida de estos chicos ya es un kilombo, cuando encuentran un espacio con límites, amor y afecto se vuelven muy respetuosos. Una vez, una chica encontró un billete de cien pesos, vino y me dijo: `Susana, esto tiene que ser tuyo`. Y sí, se me había caído del bolsillo.” De repente, se escucha una multitud de pasos cansados arrastrándose por los mosaicos. El barullo retumba en el hueco de la escalera y se hace difícil escuchar a Reyes. Ya no hay carpetas en los pupitres, se terminó el recreo. O, mejor dicho, la clase. Los alumnos, a pesar de sus deseos, deben volver a la calle.
    Fuente Agencia La Vaca

  • El arreglo después del temblor: ¿y si no arreglan? por Juan Salinas Bohil El envío de un proyecto de ley al Congreso de la Nación por parte del matrimonio Kirchner con respecto a la aprobación por sí o por no del aumento de las retenciones móviles, extiende aún más el nudo central del problema que derivó en más de cien días de una guerra política, económica y propagandística sin igual y pocas veces conocida en Argentina entre el Gobierno y los agricultores.
    Con esta medida y como por arte de magia, la Casa Rosada pretende que sus súbditos del Congreso se hagan responsables de la complicación que no fue capaz de solucionar y que, lamentablemente, acrecentó con su soberbia y los permanentes agravios que profirió al otro bando.
    Salvo excepciones que corresponden a la oposición, sus integrantes se destacan por la falta de interés por el trabajo legislativo, las reiteradas ausencias a las sesiones, la aprobación de leyes que no guardan relación con el interés de la sociedad, el permanente cambio de lealtades que descolocan en forma permanente a sus electores y la evidente sumisión a los deseos de cualquier Ejecutivo. Estas características han sido señaladas desde 1983 a la fecha por los medios de prensa y numerosos legisladores nacionales de manera que, permítasenos dudar del repentino fervor de muchos defensores de la democracia ante esta nueva instancia del Ejecutivo que pretende elevar a las dos cámaras legislativas nacionales a íconos de la vida republicana. Ni poco ni demasiado.
    Al levantarse el paro de los ruralistas y en consecuencia el taponamiento de rutas en el que colaboraron en las últimas semanas los transportistas de granos, el Gobierno respiró aliviado. Es que ocho días antes, luego de la detención de uno de los líderes de la protesta agraria que produjo a las pocas horas cacerolazos en los principales pueblos y ciudades del país, el kirchnerismo en pleno, con los dos Presidentes en ejercicio a la cabeza, salió a manifestarse a través de agresivas declaraciones, conferencias de prensa y actos públicos pagados por los contribuyentes transmitidos por la cadena nacional de la manipulación pública. En apariencia el remedio resultó peor que la enfermedad y ocasionó nuevos cacerolazos de la opositora clase media.
    Por más que se lo niegue, en esa semana los Kirchner sintieron bajo sus pies cierto temblor desestabilizador provocado por sus propios e innumerables yerros más que por oscuras intenciones golpistas atribuibles a los agropecuarios y a los golpes en "las cacerolas de la abundancia". Sin embargo logró el objetivo político y propagandístico de aliviar la repercusión que generó el arresto de la principal figura contestaria del campo. Similar caso es la instalación de carpas por parte de “organizaciones sociales” subsidiadas afines al oficialismo en la Plaza de los Dos Congresos desde donde se intenta explicar la posición del Gobierno en su entredicho con el campo. El hecho es que hasta el día de hoy dichos sectores, que crecen, se multiplican y financia el amparo oficial, no cuentan con permiso de las autoridades de la Ciudad para su colocación.
    No obstante, por su cantidad y dimensiones han evitado que otra carpa, la de los ruralistas, que sí contaba con autorización, pueda instalarse en el lugar. Visto lo sucedido y como medida de prevención ante las continuas agresiones de todo tipo que llevan a cabo las bandas gubernamentales, esta última no será colocada. Hoy a la 18 habrá una nueva reunión entre uno de los Kirchner y los dirigentes de las principales asociaciones agropecuarias. Será una más y muy extraña porque los ruralistas fueron acusados en forma pública de propiciar un golpe de Estado, causar inflación, desabastecer la mesa de los argentinos y un sinfín de cuestiones. Demasiado. Por mucho menos se arresta a una persona. Pero, la historia universal enseña que las rebeliones por impuestos acaban con el impuesto o con el soberano. Mejor un mal arreglo que un buen juicio y todos contentos, habrán pensado ambas partes. ¿Y si el diablo revolea el poncho y no arreglan? A veces es mejor pensar que al cavar una fosa para otro se corre el riesgo de caer en ella.

  • Micrófonos para el pueblo
    Bajo Flores escribe su propia historia

    El libro abre con una dedicatoria a Rodolfo y a Victoria Walsh y luego agrega una letra de Intoxicados: “No te asustes por lo que te cuento. Pero en mi vecindario todo esto es cierto”. Lo escribió Pity Alvarez, y se aclara que lo canta también el conjunto de cumbia Re Piola. Así es Bajo Flores, un territorio que a la vez puede unir política, desamparo, rock, violencia, creatividad, exclusión y cumbia. Y eso es lo que refleja Micrófonos para el pueblo – O cómo un barrio parió una Radio Comunitaria.
    El trabajo va enhebrando historias desde el derrocamiento de Perón en 1955, los modos que la resistencia asumió en el barrio, la violencia, la vida cotidiana, las formas de juntarse y aguantar vientos y mareas siempre en contra. Las ollas populares, los comedores, los trabajos con los chicos el barrio. Es un libro que no da respiro, salpicado por frases del sacerdote Carlos Mujica, del propio Walsh, pero mucho más aún por las frases y las experiencias de la gente del barrio que terminó, y empezó, creando una radio para poder decir y escuchar lo suyo.
    El mejor homenaje a esta experiencia de comunicación, de libertad y de perseverancia, es leerlo. Aquí publicamos el prólogo, una invitación a conocer un barrio que es una república de repúblicas, con ritmo de cumbia que se oye por la FM.
    Prólogo de Micrófonos para el pueblo Nadie nos ha dado la voz, siempre la tuvimos. Por eso es que decidimos contar cómo es ejercer nuestro derecho a la comunicación en un libro, un lugar que generalmente está reservado a “los letrados”.
    Es que siempre son otros los que hablan de nosotros. La mirada de los observadores de derecha a izquierda que llegan al barrio con sus prejuicios no cambia una vez que se van. Y nuestra realidad tampoco. Pareciera que existe un muro indestructible que no quieren derribar. Recogen historias, testimonios y palabras que, además de recortar su mirada y objetivos, utilizan después para ganar prestigio y dinero. Así, en esas publicaciones agradecen una y otra vez a todos lo que los ayudaron. Dicen “esta obra no hubiese sido posible sin todos ellos”.
    Es por eso que este libro está escrito por los propios protagonistas. Aun aquellos que no pusieron ni un dedo en las teclas son también dueños de lo publicado. Esta publicación es una oposición a la famosa propiedad intelectual, que no es otra cosa que la repetición del concepto de propiedad privada que tanto critican los intelectuales de la izquierda argentina.
    Al igual que nuestras casas y pasillos, esta obra es de los que la poblaron con su propia vida. El Bajo Flores es de todos los que lo habitan, las páginas del libro también. Acá es el barrio el que se muestra a través de su historia y la de su radio. Es el sur de la Ciudad de Buenos Aires el que se pone a escribir sus luchas, sus historias, sus alegrías y sufrimientos. Porque esto es lo que somos. Un conjunto de pasillos interminables o intransitables. Somos casas hechas de a piezas, de a ladrillos, chapas, mosaicos, cartones y también tierra.
    A los de adentro y a los de afuera los invitamos a caminar por ahí, por acá. Por las casas, por las obras en construcción, con el olor a asado y a sopa de maní, con gusto a api, a pique a lo macho, a fricasé, a ceviche, a picante de pollo. Bolivianos, peruanos, paraguayos, sus hijos y todos los argentinos que vivimos acá. En donde se cayó la tierra, debajo de ese dique de agua que nunca derrama, que nos mata la sed.
    Cuando empezamos a escribir la historia de la radio nos dimos cuenta de que primero teníamos que ir al principio de la dictadura y la JP de los ochenta. Y enseguida vimos que era imposible contarnos sin recordar a Cacciatore y a los compañeros de los 70. Así hasta que llegamos a los primeros pobladores, al “desensillar hasta que aclare” y el principio de este lugar en el mundo en el que muchas historias pequeñas se unieron para hacer una Gran Historia.
    Poné la radio, metele cumbia y entrá a la República del Bajo Flores.

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