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18.3.07

Una oposición que trabaja para Kirchner



Joaquín Morales Solá

Abren frentes con disputas y peleas

Como van las cosas, Néstor Kirchner tendrá que guardar el belicoso atril o reservarlo sólo para periodistas y empresarios. En una memorable tarea de destrucción mutua que parece no tener fin, sus opositores han decidido hacerle gran parte del trabajo que le corresponde al Presidente frente a sus adversarios. López Murphy contra Lavagna. Lavagna contra López Murphy. Carrió contra todos. Macri despreciando a unos y otros, no sin cierta petulancia. El resultado se parece mucho a un contagio masivo, casi una epidemia, del estilo que inauguró Kirchner en la política argentina. Ese estilo consiste en golpear primero y averiguar después, en romper de antemano todos los puentes que podrían conducir a la comprensión del otro. La tolerancia y el diálogo, que son condimentos imprescindibles de la democracia y de la política, están cada vez más ausentes de la vida pública argentina. El canibalismo político concluyó en la gran crisis de principios de siglo. La economía de ahora no es la misma que la de entonces, pero la política no ha mejorado nada. Nadie podría objetar eventuales intentos de acuerdos que resultaran estériles entre los opositores de Kirchner. Ninguna negociación está obligada al éxito y, a veces, las posiciones son comprensiblemente diferentes. Otra cosa es, en cambio, que los agravios personales y políticos comiencen por minar cualquier camino hacia los acercamientos y eventuales acuerdos. El trabajo de devaluar a la oposición es de Kirchner, se lo mire por donde se lo mire, y no de los propios dirigentes de la oposición. ¿Qué se han dicho entre ellos? López Murphy aseguró que una supuesta alianza entre Lavagna y Macri sería "escandalosa". No hay ningún escándalo a la vista. Puede ser que al líder de Recrear no le gusten las ideas de Lavagna (y, de hecho, no le gustan), pero Macri pertenece a un continente intelectual más amplio, y eso no es defecto ni un desmérito. López Murphy puede estar genuinamente molesto por declaraciones de Macri, que no lo distinguieron entre los presidenciables, pero eso es un garrafal descuido y no un escándalo. En el acto, Lavagna le contestó a López Murphy recordando el traumático paso de éste por el Ministerio de Economía. Ellos pertenecen a dos mundos distintos, como lo aceptó el propio Lavagna, y el acuerdo entre ambos se torna, por eso, muy complicado. Sin embargo, la mención de Lavagna fue injusta y estuvo fuera de contexto. López Murphy debió vérselas con una situación política y económica de enorme fragilidad cuando llegó al Ministerio de Economía. Su gobierno tambaleaba, la alianza que lo encumbró se había destruido y ya ni él ni su presidente, Fernando de la Rúa, contaban con el apoyo del radicalismo, el único partido gobernante en ese momento. Luego vinieron la devaluación y la pesificación, en los primeros tiempos de Eduardo Duhalde, que dieron paso a la nueva política económica puesta en marcha más tarde por Lavagna. Las condiciones internacionales de la economía también habían cambiado. Es la política económica que aún rige. López Murphy no deja de tener razón, en cambio, cuando señala que está cansado de que Carrió acuse de "corruptos" a todos los políticos. Es doblemente meritorio que lo diga justamente él, el único a quien Carrió le reconoce honestidad. Sería menester que la carismática líder opositora mostrara ya no pruebas, pero sí algún indicio concreto cuando acusa de corruptos a los opositores. Carrió podría estar cometiendo así el peor de los pecados: parecerse a Kirchner. El Presidente también suele hacer acusaciones de inmoralidad política o personal con argumentos equivocados o empujado sólo por el incierto rumor. Macri no hace declaraciones públicas revoltosas sobre sus adversarios, pero muestra ciertas actitudes displicentes hasta con sus aliados. Resulta llamativo que no haya acordado antes un discurso sobre sus preferencias presidenciales con su principal aliado, López Murphy, antes de lanzar la candidatura a jefe de gobierno de la Capital.
* * * Puede entenderse que Macri esté necesitando los votos de todos los colores en la Capital y que una definición presidencial podría ahuyentarle a algunos. Aun así, el discurso de la indefinición debió discutirlo antes con quien es su principal socio político. En la intimidad, el ingeniero suele decir, además, que Lavagna es quien necesita de él y no él de Lavagna. Son las maneras y no las palabras de Macri, entonces, las que dinamitan cualquier intento de acercamiento entre algunos opositores. Hay algo peor aún: ninguno de ellos puede derrochar nada, porque todos tienen enfrente a un gobierno al que, ayudado por el crecimiento de la economía, le va bien según las pocas encuestas serias que existen. Todos los dirigentes opositores deberán lidiar también con campañas electorales pobres frente a un gobierno con incontables recursos. El kirchnerismo les ha prohibido a los empresarios, por ejemplo, contribuir financieramente a la campaña de sus adversarios. De este modo, el resultado es una paradoja: los opositores se han propuesto hacer el trabajo del Gobierno, a cambio de nada y en contra de sus propios y esenciales intereses. La ventaja política es improbable cuando se hacen cosas sin sentido.
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